Como prevenir rabietas

Son las 4 de la tarde de un día cualquiera y una pequeña de 2 años merodea alrededor del ordenador. Ha comido mal, no quiere dormir la siesta porque está ocupadísima probándose todos los zapatos de su madre e insiste en que, mientras escribo, podemos jugar al pilla-pilla.

Cada “no puedo hija”, cada invitación a que descanse un rato, hace que su nivel de intensidad y enfado aumente.

Se empieza a percibir una gran perturbación en La Fuerza.

Os suena, ¿verdad? Esto mismo es aplicable a niños y niñas de 2 a 200 años.

¿No somos a veces como niños cuando sentimos frustración?
Empecemos por el principio: ¿esto tiene que ver con la tan temida agresividad infantil? En parte sí, pero nos guste o no, tiene que ver con su lado bueno, necesario y saludable.

Qué es la agresividad

Pero ¿qué es la agresividad? Se trata de una predisposición presente en los humanos y que nos prepara para defendernos, enfrentarnos a una dificultad o pelear contra algo que nos parece injusto.

Viene de serie con nosotros y en sí misma no es un problema; el problema es no tener herramientas para manejarla.
Algunos pensaréis “ya, pero ¿qué hago yo cuando me veo en una de estas?”. Si os sobrevuela esta duda ¡estáis en el sitio adecuado!

Unas líneas más adelante os proponemos un buen plan de acción para evitar que acabemos todos en el Lado Oscuro. Para aprender a gestionar estos momentos con niños agresivos Psicólogo Retiro dispone de todos los profesionales a tu servicio.
Antes, hagamos una distinción: porque no es lo mismo una “rabieta” que una “RABIETA”.

Rabieta: dícese de la típica situación en la que un niño se siente frustrado o siente que algo es injusto y protesta por ello. Y lo hace de una forma airada, agresiva incluso, desagradable para nosotros los adultos.

Un momento, ¿no nos pasa esto a nosotros también? Nuestro jefe nos pide un informe sencillo, le entregamos un informe sencillo, y al día siguiente nos echa la bronca porque “¡cómo vamos a entregar este informe tan pobre a un cliente!”.

Nos parece injusto y nos enfadamos (con razón). No se lo decimos a él, porque ya somos adultos, porque conocemos las consecuencias y tenemos los recursos, pero nuestra pareja va a aguantar un buen chaparrón cuando lleguemos a casa.

Si desmenuzamos una rabieta, parte del problema es que lo que mi jefe considera “sencillo” no es igual que lo que yo considero “sencillo”. Lo que mi hija entiende cuando le digo que recoja “ya” los juguetes puede que no sea lo mismo que entiendo yo. Para mí “ya” es “en un minuto” y para ella “ya” es “tengo que bañar a mi osito, ponerle el pijama, darle de cenar,…” Y entonces recogeré los juguetes.

Tenemos expectativas distintas. Mi hija no sabe gestionar sus expectativas, yo tengo que gestionar las de los dos y poner palabras siempre ayuda.

Además, conviene hablar aquí de otra herramienta que los niños no tienen (y a veces los adultos, tampoco): la paciencia. Y es que no hay paciencia sin una buena regulación de nuestras emociones. La prisa, el cansancio, el estrés,… ¿Acaso no necesitaríamos a veces que la calma la pusieran ellos? No es nada fácil, pero siguiendo estas pautas quizá podamos aprender nosotros  y enseñarles a ellos a respirar.

RABIETA: dícese de cuando la situación se nos ha ido de las manos. Ahora mi hija insiste en que quiere comer fresas, pero se han acabado. Su llanto es inconsolable. Lo siento hija, las fresas no crecen en la nevera. Ni expectativas, ni paciencia, y casi ni respirar…

Qué debemos hacer ante las rabietas

¿Qué podemos hacer? Descartada la opción de bajar corriendo al súper a comprar fresas y en vista de que el mensaje no llega, asumimos que nuestro hijo está fuera de juego, y nosotros casi; como no nos podemos permitir dejar de respirar, es aconsejable darnos un pequeño espacio de tiempo para regularnos nosotros, con un par de minutos será suficiente.

¿Y ahora qué? Llega el turno de utilizar la cercanía física para ayudar al niño a volver a la calma; si nosotros estamos calmados, no hay mejor forma para él de regularse tener cerca a mamá o papá: la cercanía física, ponernos a su altura y mirarles a los ojos nos puede ayudar.

Y esto abre una puerta a la comunicación; volvemos al punto 1: poner palabras a lo que le ocurre. Una de las claves de las rabietas en los peques de 2-3 años es que aún no controlan lo suficiente el lenguaje como para expresar lo que sienten (enfado) y lo que necesitan (que me dediques unos minutos, me cojas y me ayudes a darme cuenta de que estoy cansadísima y ya no sé ni lo que quiero).

Pautas para prevenir las rabietas

Mucha información ¿verdad? Para terminar, recopilamos las 5 pautas que os ayudarán a prevenir y/o gestionar una rabieta (o RABIETA):

  1. Ajustar las expectativas con palabras. “Se ha hecho tarde y el osito tendrá que bañarse por la mañana para irse ahora a la cama contigo”
  2. Tomar conciencia de nuestro estado anímico, ¿estamos desbordados? ¿Cómo vamos a dar calma si no la tenemos?
  3. Regular nuestras emociones, en última instancia, respirando.
  4. Utilizar la cercanía y el contacto físico suave y respetuoso (sin obligarles) para conectar con nuestros hijos. Pongámonos a su altura y mirándolos a los ojos.
  5. De nuevo poner palabras a lo que sienten (“hija, te entiendo muy bien. Sé que estás enfadada porque no hay fresas, ¡con lo que te gustan a ti! Mañana compraremos y las comeremos juntos. Ahora a lo mejor lo que necesitas es una buena siesta…”).

¿Acabará esto con las rabietas y con las RABIETAS? Afortunadamente, nada de lo que hagamos va a acabar con un proceso que es natural y necesario para aprender a ser adultos, pero bien gestionado, nos hará crecer a todos.

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